Entrega P4 y reflexión de semestre
Reflexión Final del Semestre: Taller Arquitectónico
El cierre de este semestre, marcado por la entrega de comisión, es una pausa necesaria para digerir la intensidad y el volumen de aprendizaje experimentado. Mirando retrospectivamente el proceso que condujo a esta entrega, lo que destaca no es solo el producto final sino la metamorfosis en la forma de abordar y resolver problemas.
Ayer fue la comisión final. Escribo esto con la cabeza dando vueltas por la falta de sueño, pero feliz. Espero que ustedes también estén cerrando sus procesos y, sea cual sea el resultado, siéntanse orgullosos de haber llegado hasta acá. La arquitectura es una carrera de resistencia, no de velocidad, y estar de pie al final del semestre ya es un triunfo.
Antes de contarles los detalles técnicos, quiero hablarles desde lo personal. Este semestre fue intenso. Al principio, cuando vi el encargo de intervenir el cruce ferroviario en Concepción, sentí un vértigo tremendo. ¿Cómo un loco de 23 años va solucionar en medio semestre un problema que la ciudad lleva décadas tratando de arreglar? Me sentía cohibido por un desafío tan grande. Tuve semanas de bloqueo, de mirar la pantalla en blanco pensando que no me la podía, lidiando con ese síndrome del impostor que creo que todos conocemos demasiado bien.
Pero algo cambió en esta etapa final. Me obsesioné (en el buen sentido a.k.a hiperfoco) con entender el problema no como una ingeniería, que claramente manejaría super bien, sino como una historia. Me propuse que mi proyecto no fuera un "túnel", sino una experiencia. Pasé noches enteras leyendo, viendo fotos de estructuras gigantes y casi llorando con proyectos con memoria histórica.
La entrega fue loquisima. Mucho miedo que se vio disuelto teniendo a mis amigos ahí cerca.
A continuación, les comparto de qué se trató mi entrega final: "Costura Urbana: Eje Cívico y Conexión Ferroviaria en Concepción".
El proyecto nace de un dolor de la ciudad: la línea del tren actúa históricamente como una "cicatriz" que corta Concepción en dos, separando el centro cívico del río y el parque. Mi propuesta busca transformar esa barrera en un "Datum", un nuevo horizonte que organiza la ciudad.
No quise hacer un simple paso bajo nivel (que suelen ser horribles y peligrosos), así que planteé el proyecto como una película en Tres Actos:
1. Acto 1: El Foyer Cívico (Plaza Hundida)
En la zona de la Intendencia, en lugar de una escalera oscura, propuse una gran "plaza hundida". La idea es que sea una antesala urbana, un anfiteatro público que recibe luz y actividad antes de bajar. Aprendí del Centro Cultural La Moneda que bajar al subsuelo puede ser una experiencia noble si se hace con rampas amplias y luz. Además, le metí mucha cabeza al tema de la lluvia (estamos en Conce, obvio), usando jardines de lluvia y pavimentos drenantes para que no se inunde.
2. Acto 2: La Galería Cívica (El Cruce)
Acá estaba el desafío técnico brígido. Para no cortar el tren (porque eso es imposible logísticamente), propuse usar el método Box Jacking. Básicamente, se construyen unos cajones de hormigón gigantes y se empujan por debajo de la vía con gatos hidráulicos. ¡Es ingeniería pura aplicada al diseño!
Pero lo más importante es que el túnel tiene entre 15 y 20 metros de ancho. No es un pasillo, es una galería con comercio y servicios. Y mi parte favorita: la luz entra desde arriba. Propuse perforar los andenes de la estación para que la luz natural baje hasta el subterráneo, eliminando el "efecto túnel".
3. Acto 3: El Umbral de la Memoria
Al salir hacia el Parque Bicentenario, el proyecto se vuelve más silencioso. Me di cuenta de que el Memorial de los Detenidos Desaparecidos hoy casi no se ve. Así que diseñé la rampa de salida específicamente para enmarcar el memorial, obligando a quien sube a mirarlo y reconocerlo. Creé un "Claro Urbano" alrededor de la escultura, limpiando la vegetación para darle la dignidad que merece.
Todo esto está cubierto por una "Grilla de Luz" en el nivel superior, una estructura de madera laminada y policarbonato que protege de la lluvia y unifica todo el proyecto visualmente.
Un aprendizaje crucial ha sido la gestión de la incertidumbre y la iteración constante. Hubo momentos de frustración profunda, donde soluciones se derrumbaban y surgían otras. Sin embargo, estas caídas se convirtieron en las palancas para refinar la propuesta, obligando a regresar a las raíces del problema y a cuestionar las premisas iniciales. Entendemos ahora que la arquitectura es un proceso dialéctico: la crítica no es un juicio, sino un catalizador para la mejora.
De cara al futuro, este proyecto cimenta la confianza en la propia capacidad de respuesta ante desafíos de gran escala. Llevamos con nosotros no solo una carpeta con un proyecto aprobado, sino un método de trabajo, una mayor sensibilidad espacial y, quizás lo más importante, el recordatorio constante de que la arquitectura es un servicio que moldea la vida humana y el entorno. La responsabilidad del arquitecto trasciende la belleza; reside en la capacidad de construir futuros habitables y significativos. El semestre termina, pero la reflexión sobre cómo podemos construir mejor, apenas comienza.





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